EL AROMA DEL TIEMPO
Este proyecto nace de una necesidad: olvidar etiquetas y conceptos preestablecidos, dejar de ver para empezar, verdaderamente, a percibir.
El proceso se inicia con trabajo de campo, a través de la observación directa, la recolección de olores y el registro fotográfico del entorno cotidiano y culinario.
Las obras pictóricas parten de fotografías de escenas vinculadas tanto a alimentos como a paisajes, objetos y atmósferas cotidianas. Estas imágenes son desenfocadas e intervenidas, borrando la forma reconocible para conservar solo la resonancia cromática.
Cada pieza funciona como una neblina pictórica, un espacio donde el color es protagonista y actúa como memoria visual. Estas atmósferas cromáticas evocan lo que se percibe cuando intentamos recordar un lugar, una situación o una persona, a través de tonalidades, intensidades y sensaciones que se alojan en el cuerpo.
Las obras se definen por la experimentación con el soporte y la escala. Se utiliza loneta cruda sin imprimación, permitiendo que el color penetre orgánicamente en la fibra. Mediante el uso del aerógrafo y la pistola a presión, se eliminó la huella del pincel para desprender a la pintura de su rigidez material.
Aunque el punto de partida son los desenfoques fotográficos, en el momento de pintar se aplicó el azar como parte fundamental del proceso creativo. El pigmento interactúa libremente sobre el soporte, permitiendo que la mancha encuentre su propio lugar a través de capas muy finas y veladuras constantes.
Cuando miramos una imagen, el cerebro anticipa la llegada de un olor que nunca se materializa. Esa ausencia abre un vacío en la percepción, un intervalo entre lo visible y lo sensible. Este proyecto nace de la pregunta: ¿qué sucedería si la pintura se abre al olor?
El olfato, relegado durante siglos a un sentido menor, se revela hoy como guardián de la memoria. No describe, evoca. Activa el hipocampo y la amígdala, regiones donde se enlazan emoción y recuerdo. El aroma se convierte en un espacio temporal, en una forma de duración: permite regresar a uno mismo, rescatar aquello que parecía perdido.
Cuando un olor está profundamente ligado a nuestra biografía, produce incluso una vibración entre corazón y cerebro. Mientras más intensa es esa comunicación, más vívida y autobiográfica se vuelve la experiencia. El olor no solo recuerda: reconecta.
Esto se manifiesta de manera radical en la comida. La experiencia del sabor, en realidad, es en un 80% olfativa. La comida es más que sustento: es sujeto vivo, archivo de memoria, identidad y afecto. Cada alimento guarda historias, ritmos, gestos de cuidado. Al olerlo, no solo se perciben sabores, se reactiva una memoria cultural que resiste a la aceleración de lo contemporáneo.
Esta propuesta parte de una visión expandida del olor y del alimento, no como un simple objeto de consumo, sino como algo vivo, cargado de memoria, identidad y afecto.
En el caso específico de Perú, mi país de origen, la comida y sus olores se convierte en lenguaje, en señal de orgullo, en herencia compartida y en una forma de cuidado que atraviesa generaciones y territorios. La ciudad, sus mercados, esquinas y voces se vuelven también un escenario sensorial donde el alimento cuenta historias sin necesidad de palabras.
El color, por su parte, no se concibe como representación, sino como resonancia. Es vibración que permanece cuando la forma se disuelve. La pintura no ilustra: evoca. Se abre como atmósfera, como duración que sostiene lo invisible.
Al unir olor y color, la obra se convierte en puente sensorial. El aroma impregna la pieza con tiempo y memoria; la pintura le otorga cuerpo y vibración. Entre ambos se genera un espacio de contemplación y lentitud, donde el espectador no solo observa, sino que participa. Es invitado a regresar a sí mismo, a habitar de nuevo el aroma del tiempo.